El discreto encanto de la mediocridad

Llegué al pueblo un miércoles al mediodía. El autobús paró como siempre delante de la casa de los Hecker y yo fui el único que se apeó. Llevaba mi maleta de piel y el periódico que compré en la estación de Derby. Las noticias del día no eran demasiado interesantes, los campesinos protestaban por la bajada del precio de la leche y el gobernador del condado había sido sorprendido saliendo de un antro de no muy buena reputación en Manchester, nada extraordinario vaya. En el camino hacia la casa de mis padres tan solo me encontré a la señora Parsons, que andaba labrando en un campo de calabazas. Fue ella quien me contó que la gente del pueblo estaba reunida en la Iglesia con el párroco para tratar sobre los nuevos contratos de arrendamiento. Al pasar por casa de los Vye me sorprendió ver todas las ventanas cerradas y las cortinas bajadas, sobretodo teniendo en cuenta el calor que asolaba la región por entonces. Además el bello jardín que con tanto esmero cuidaba la señora Vye era preso del oportunismo poco condescendiente de las malas hierbas. Me preguntaba qué sería de Eustacia, mi madre me había contado que estaba prometida con un joven arquitecto de Blackwell que conoció en la fiesta del pueblo. La pobre sufría aún ataques de histeria desde que su primer amor, el pelirrojo Tim, cayera en aquel pozo abandonado de casa de sus abuelos. Justo cuando sacaron el cadáver del pobre chico ella pasaba por allí y al ver tanto barullo se acercó a preguntar qué ocurría. Fue entonces cuando le explicaron que el pelirrojo Tim se había ahogado. Al instante, se desmayó sobre el brezal. Sin embargo, no me preocupé demasiado y seguí la marcha rumbo a mi hogar paterno. El gato de los Bennington se me cruzó por el camino, estaba verdaderamente gordo y andaba como si no llegara a pisar el suelo. Intenté cogerlo pero me maulló y se escondió por entre los setos. Cuando estaba a punto de girar la esquina de nuestra calle, empezaron a salir todos de la Iglesia, los hombres por un lado y las mujeres por otro, como de costumbre. Enseguida mi madre me vio y me llamó con voz sonora. Me acerqué a saludarla y lógicamente toda la atención de los presentes se centró en el hijo de los Sprout. Me preguntaban qué tal me iba por la ciudad, cuando terminaría los estudios y regresaría al pueblo, si me iba a casar pronto y cosas por el estilo. A todo respondí con cortesía pero secamente, pues lo que más me interesaba era conocer qué había sucedido con los Vye y Eustacia, en concreto. Una vez en casa tuve oportunidad de satisfacer mi curiosidad y creo que aún hoy me arrepiento profundamente de ello. Al parecer, según me contó mi padre pues mi madre echó a llorar desconsoladamente, Eustacia y su prometido iban a casarse a finales del verano pero por San Juan él desapareció. Alguien parece ser que lo vio en Bristol semanas después pero su rastro se había perdido por entonces. Eustacia había quedado embarazada y él quería que abortara, pero los Vye se negaron por completo. Como consecuencia de ello, él huyó y ella se sumió en una profunda depresión cuyo final fue el más trágico posible. Niña estúpida, podías haber esperado al otoño o ya al invierno, yo te habría sacado de la campana que te asfixiaba y juntos habríamos abandonado ese maldito pueblo, con sus absurdas creencias y sus miedos ancestrales. Pero tuviste que entregarte a las frías aguas del lago y ahora nadie oirá tu grito salvo los cisnes y los zapateros. Los bellos ranúnculos te atraparán con sus tallos y las simpáticas lentejas de agua obstruirán tu fosas nasales. Y no olvidemos los juncos, los más descorazonados, que perforarán tus tiernas carnes en su rápido ascenso a la superficie. Mi querida Eustacia, la ambición te cegó y no supiste apreciar el discreto encanto de la mediocridad. Esa fue tu perdición.

Agosto 30, 2007. Uncategorized. Dejar un comentario.

Todas mis canciones favoritas me suenan a ti

Hace mucho que no voy a ninguna discoteca o sala de baile y la verdad es que desconozco qué andarán pinchando esos señores tan serios que se esconden detrás de los platos en el interior de una cabina. Lo que sí les puedo contar es qué suena últimamente por los pasillos y estancias de mi hogar: música pop con bases electrónicas o música de sintetizadores con voces pop, ustedes elijan. ¿Y quiénes son los responsables de esas canciones que tanto gustan a mis pies? Pues unos chicos de Helsinki que se hacen llamar Regina (pronúnciese reguina, o algo así) y que hasta el momento llevan publicados dos álbumes para la compañía Next Big Thing, que con este nombre hace presagiar un gran futuro a la banda. Y la verdad es que según me contó el dependiente de una tienda de discos en Oulu, cada vez tienen más éxito en su país y hasta han llegado a tocar en el Eurovision Village el día de la final de este concurso. Yo tuve la ocasión de verlos en directo el lunes pasado en una preciosa carpa junto a una no menos preciosa bahía en el Festival de Helsinki, muy cerquita del impresionante Kaupunginteatteri, donde repasaron sobretodo las canciones del último disco. Lo que más me sorprendió es que parecía que versionearan sus propios temas, en la mayoría de los casos con gran acierto, en lugar de reproducir las bases electrónicas tal cual están en los álbumes, y esto suele ser bastante insólito en los grupos de synth-pop. Sí que es cierto que el último disco es más orgánico y parece estar pensado más para el directo. Personalmente no es que lo encuentre tan atractivo como el primero, más bailable, pero no es un mal disco. De todos modos, he escogido dos canciones de Katso maisemaa, el álbum de debut, que me gustan especialmente. La primera, homónima, me recuerda a los Saint Ettiene más euro-disco, mientras que la segunda me hace pensar en mi grupo pop en castellano favorito del momento, sobre el cual ya hablaré en otro momento. Ambas son súper bailables y espero que las disfruten en sus guateques y fiestas particulares.

Katso maisemaaPieni ystävä


Agosto 29, 2007. Uncategorized. Dejar un comentario.

Días de clorofila y asfalto

Se acerca el final de las vacaciones y una leve sensación de pérdida se apodera de mí. Han estado unas semanas de dulce recorrido por la geografía escandinava en las cuales he tenido poco tiempo de pensar en las cosas banales de esta mi frágil existencia y mucho para disfrutar de los pequeños placeres y los agradables sabores del descanso estival. Sin embargo, la vuelta al hogar también significa el sosiego de lo cotidiano y el reencuentro con caras conocidas que he extrañado estos días. Además, tengo muchísimas ganas de volver a escribir sobre la música que me gusta, sobretodo, y sobre experiencias más o menos cercanas. Esto significa que el blog volverá a su ritmo habitual poco a poco, con el impulso y los contenidos de siempre. Y para dar el pistoletazo de salida, he escogido una canción del grupo británico The Boo Radleys que se ha convertido en mi himno particular estos días de clorofila y asfalto. Pertenece al álbum con el título más optimista que recuerdo, Everything´s Alright Forever, y a pesar de ser muy cortita encierra en unas guitarras llenas de distorsión y una voz angelical toda la excitación que esperemos no se desvanezca con la vuelta al trabajo.

Antes de terminar, quisiera hacer explícito mi agradecimiento a todos los que han seguido conectándose a estas páginas a pesar de la ausencia de nuevos contenidos; a los chicos de Mira el péndulo, Romi y Roque, por su apoyo incondicional; a los compañeros de selección, Manuel y Alex; a Oriol, por estar siempre ahí; a Luna, por haberme hecho despertar; y muy especialmente a Adrià, mi Amigo Divino, por todo; y mi hermana pequeña Meritxell, por su contagiosa vitalidad y su eterna sonrisa (a pesar de mis desaires y mi conducta rayando la ilegalidad).

The Boo Radleys – Lazy Day

Agosto 25, 2007. Uncategorized. 7 comentarios.

Breve re-encuentro


Llegué a Venecia en agosto para pasar seis semanas de vacaciones. Vivía, trabajaba y dormía en mi ”barcheta” casi siempre. Me parecía que, quedándome, podría engañar al otoño y al invierno de manera harto virtuosa y recta. Tal fue el efecto de esa forma de vivir veneciana en mí que tenía la impresión de ser un joven no mayor de veinticinco años, en todo salvo en la experiencia sin valor y la valiosa desilusión. La alegría de tener una salud vigorosa, la fuerza física para soportarlo todo animosamente (mejor dicho, alegremente), la actividad mental libre de preocupaciones, el apetito perfectamente voraz, las noches de sueño fácil, delicado, sin soñar, síntoma de una juventud saludable… todo esto (con felicidad indescriptible) lo gané triunfalmente de la soledad con el sol y el mar. Iba a nadar media docena de veces diarias, empezando al rayar el alba y terminando después de unos atardeceres que incendiaban la laguna entera con sus luces de amatista y topacio. Entre amigos, confesaré que no soy inocente de levantarme de noche y saltar silenciosamente por la borda para pasarme una hora nadando a la luz de la gran luna de oro – plenilunio- o entre los temblorosos reflejos de las estrellas (¡Qué bello lugar aquél!). Cuando quería cambiar de escenario, remaba con mis dos gondoleros. […] Y cada día escribía tranquilamente mis buenas siete horas. ¿Puede haber mayor felicidad?

Y un día, tras reaprovisionarme en Burano, al caer la tarde nos alejamos remando en busca de un lugar donde pasar la noche. Imaginad un mundo sumido en un crepúsculo de cielos totalmente despejados y el mar en perfecta calma, hecho todo ello de heliotropo, violeta y lavándula cálidas, líquidas, límpidas, con franjas de cobre bruñido adornado con esmeraldas, fundiéndose, por otra parte, con el azul insondable de los ocelos de la cola de un pavo real, donde se alzaba la luna, rosada como madreperla. Hacia semejante gloria hicimos avanzar la ”barcheta”, solemnemente, silenciosamente, mientras se apagaba el último eco del Ave María.

Fr. Rolfe

Mina – Tintarella Di Luna

Agosto 4, 2007. Uncategorized. 2 comentarios.