Un conjuro que me lleve hacia ti (segundo intento)
Poco antes de la hora del almuerzo, el Cadillac pasó en dirección sur. Llevaba la capota subida y el limpiaparabrisas iba y venía por el cristal de delante.
A través de la lluvia vio que la muchacha le sonreía y lo saludaba rápidamente con la mano. El tránsito era denso y traidor, y ninguno de los dos debía distraerse.
Seguía lloviznando cuando la muchacha pasó a recogerlo a las cuatro.
-Qué día más horrible, ¿verdad?- dijo ella.
-Ya no.
Ella sonrió, y en un instante él olvidó el fastidio y la incomodidad de las horas precedentes.
-Si dejamos la capota subida, usted se volverá jorobado, y si la bajamos, nos vamos a ahogar.
-Déjela subida. Yo estoy cómodo.
-¿Le importa si no hablamos demasiado? Hoy tengo ganas de estar callada.
Él no contestó y ninguno de los dos dijo palabra hasta que doblaron hacia el este en Mount Morris Park. Entonces:
-Podría saber cómo se llama –dijo ella- memorizando el número de su placa y pidiéndole a alguien que me lo averigüe. Pero me ahorraría la molestia si me lo dice.
-Me llamo Ben Collins. Y yo podría saber cómo se llama usted ordenándole que me enseñe el permiso de conducir.
-¡Por favor! ¡Ni se le ocurra, que no tengo! Pero me llamo Edith Dole.
-Edith Dole. Edith Dole –dijo Ben.
-¿Le gusta?
-Es bonito.
-Es una combinación curiosa. Edith significa felicidad, y Dole, pesar, aflicción.
Ring Lardner, Hay ciertas sonrisas
Un conjuro que me lleve hacia ti (primer intento)
El sol estaba ya muy bajo, y sus alargados y amarillentos rayos penetraban por la ventana. Si eran dos las horas que necesitaba para vestirse para la fiesta, ya era hora de empezar. Dado que tenía intención de ponerse aquellas finas ropas, no era cosa de quedarse sentada y esperar. Muy lentamente, se dirigió al baño donde se quitó los cortos pantalones y la camisa y abrió el grifo del agua. Se frotó las partes ásperas de los tobillos y rodillas, y especialmente los codos. Hizo durar el baño todo lo que pudo.
Corrió luego desnuda a la habitación y empezó a vestirse. Se puso la ropa interior y las medias de seda, e incluso uno de los sostenes de Etta, por puro gusto. Luego, muy cuidadosamente, se puso el vestido y se calzó los zapatos. Era la primera vez que se ponía un vestido de noche. Se quedó largo rato contemplándose en el espejo. Era tan alta que el vestido le quedaba dos o tres centímetros por encima de los tobillos, y los zapatos le venían tan justos que le hacían daño. Siguió contemplándose largo rato en el espejo, hasta que finalmente decidió que, una de dos, o parecía una mema, o estaba muy hermosa. Una cosa o la otra.
Se peinó el cabello de seis maneras diferentes. Los remolinos constituían un pequeño problema, así que se humedeció el flequillo y se hizo tres bucles. Por último se encasquetó la diadema y se maquilló y pintó los labios generosamente. Al terminar, levantó la barbilla y entrecerró los ojos como una estrella de cine. Lentamente volvió la cabeza hacia un lado y hacia el otro. Estaba hermosa, francamente hermosa.
Pero no se sentía ella misma. Era alguien completamente diferente de Mick Kelly. Faltaban dos horas para que empezara la fiesta, y sintió vergüenza de que nadie de su familia la viera vestida con tanta anticipación. Entró nuevamente en el baño y cerró la puerta. No podía arriesgarse a que se le arrugara el vestido sentándose, de modo que permaneció de pie en medio de la habitación, sintiendo como si fuera creciendo su excitación presionada por las paredes de aquel estrecho cubículo. Se sentía tan diferente de la vieja Mick Kelly que supo que aquello iba a ser lo mejor que le sucediera en toda su vida, aquella fiesta.
Carson McCullers, El corazón es una cazador solitario
Haciendo el payaso
Parafraseando al crítico literario, ensayista y editor Josep M. Castellet, la vida a veces parece un complot para que uno no logre aquello que se propone. Sí, ya sé que es una visión muy escéptica y pesimista de la vida y además hoy es domingo, pero les comento esto porque esta mañana han resonado en mi cabeza sus palabras con mayestática fuerza. Resulta que ayer, después del almuerzo, me di cuenta que últimamente río bastante menos de lo que lo hacía no hace mucho y este hecho -que es de difícil constatación, todo sea dicho- me preocupó sobremanera. Decidí poner cartas en el asunto y rápidamente me puso a recuperar del olvido aquellos fragmentos de antiguas comedias románticas en blanco y negro que nunca debí olvidar. No podía fallar y no falló. Esos diálogos tan ingeniosos y chispeantes junto con esas situaciones hilarantes surgieron el efecto esperado y volví por unos instantes a ser aquel chico risueño que una vez conocí. Pero claro, el día siguiente era domingo y me temí lo peor. No es que yo sea de aquellos que se abstiene de desayunar o tenga que soportar las malditas resacas debidas a los excesos de la noche anterior. Pero ya me entienden, los domingos son un fastidio y no son nada favorecedores para estados de ánimo en caída libre. Ah, les voy a explicar un chiste que me ha contado hoy en la sobremesa mi padre, es muy bueno, espero hacerle justicia: resulta que es un avión que está a punto de estrellarse y en él viaja un cura, éste viendo como el pánico se extiende entre los otros tripulantes, decide darles consuelo, se alza y hablándoles con voz serena y solemne, les dice que va rezar una oración para que todos se reúnan en el cielo, a lo que uno de los pasajeros –ateo me figuro- le suelta “pues apresúrese ya que vamos en dirección contraria”. ¿A qué es gracioso? Bueno, a lo que íbamos. Los domingos son muy peligrosos y debía conjurar todas las fuerzas para contrarrestar su lacerante efecto. Y aprovechando que estos días que restan para que se termine el año, los chicos y chicas del Circo Cric han decidido descansar de su valiosa labor de llevar la sonrisa a los más necesitados, como Payasos Sin Fronteras, y mostrar su espectáculo a los barceloneses, pues he decidido hacerles una visita este mediodía. Hace tiempo que no iba al circo, y mira que a mí me apasionan los payasos, las contorsionistas, los trapecistas y ver a los niños y niñas tan exultantes.
Y todo iba a las mil maravillas, hasta que el payaso triste, el gran Leandre Ribera, ha invitado –término eufemístico- al escenario a una jovencita –para fastidio de su novio- mientras le hacía miradas amorosas y tiernas. Ella se reía. Le dejaba sentarse en un banco y ella lo miraba con una sonrisa burlona y las manos sobre las rodillas. Él, también sonriente, la seguía seduciendo con sus expresivos ojos, esperando que ella lo dejara sentarse a su lado. Pero nada. Él seguía intentándolo hasta que al final ella le ha dejado un huequecito. ¡Qué exultante estaba nuestro payaso tristre –tres tristes tigres- junto a la bella señorita! Ai, sus ojos hacían chiribitas y las más cálidas y románticas ensoñaciones revoloteaban sobre su cabeza. Ella se reía. Y él le ponía la mano sobre su rodilla, todo pícaro, y ella se la quitaba. Él insistía y ella intentaba apartarla pero no podía y él ponía la otra encima de la de ella. ¡Qué juego más inocente y delicado! [me acordaba de ti, en aquel laberinto de arbustos, sentaditos también en un banco, huyendo de nuestros “protectores”…] Entonces él la abrazaba por la espalda y apoyaba su cabeza en el hombro de su amada, pero ella se enfadaba y se apartaba sin miramientos. Oh, pobre payaso, volvía la tristeza a su rostro y todos se reían. Las chicas que se sentaban a mi lado decían “¡qué mono!” [odio esa palabra, la odio] Se levantaba, como en sueños, y pensaba, pensaba, qué podía hacer para convencerla de que él era su chico. Cogía un marco grande y la volvía a invitar a que lo acompañase. Las acróbatas lo sostenían. Con disimulo les pasaban unos paños y él hacía ver que limpiaba la superficie especular. Ella lo seguía alegremente. Entonces las chicas les pasaban un esprai –todos riendo- y ella lo miraba como diciendo “¿no me vas a tirar el líquido a la cara?” y él la miraba como diciendo “claro que sí” y ella apartaba la cabeza y se enzarzaban en un combate tierno e inofensivo. Entonces él hacía ver que miraba a través del espejo como mi querida Alicia y ella lo seguía –que juego tan divertido- y él aproximaba más su cabeza y ella, ingenua, hacía lo mismo y él –zas- la besaba. Y ella se apartaba rápidamente y le dedicaba una rápida mirada a su novio como diciendo “ha sido culpa suya”. A mi lado volvían a pronunciar “¡qué mono!” [lo odio, lo odio] Luego, la bella damisela reñía con la mirada al payaso triste como lo hacía mi madre de pequeño cuando me comía mi merienda y la de mi hermana. Pero él ni se enteraba y su imaginación volaba y volaba hacia otras galaxias y constelaciones. Y le cedía el brazo para que ella lo recogiera amorosamente pero ella hacía que no con el dedo y con su mirada le decía “mira que eres travieso”. Y él, incrédulo, lloriqueaba, pero a ella eso le daba igual y se marchaba hacia su novio. Y él esperaba [ya puedes esperar… ] Y esperaba. Hasta que al final, la llamada del instinto maternal hacía su presencia en el interior de la bella dama y ésta se aproximaba finalmente a nuestro pobre payaso y le besaba la mejilla. Las chicas sentadas junto a mí volvían a exclamar “¡qué mono!”. Pues eso, ¡qué mono!
Free Loan Investments – Ronan Keating
Bugs Bunny es punk pero tú no
¿Quién teme al invierno?
Según parece, era una costumbre de los escritores románticos rebuscar entre los viejos archivos judiciales casos de crímenes pasionales cuyo móvil era la expresión de espíritus nobles y elevados, como el honor y el amor. Pues bien, a veces, al recuperar del olvido a bandas injustamente tratadas en su época, tengo la sensación de estar reviviendo esa tradición que les comentaba. En el caso que nos ocupa hoy, el cadáver es exquisito y poco se sabe de su pasado. Wendy era su nombre, vivió en San Sebastián de los Reyes a comienzos de la década y su obra, por el momento, podríamos decir que se limita a una maqueta de siete canciones, ¡pero qué canciones! Cultivaba el pop colorista de ritmo poderoso y teclados alegres, con bonitas melodías y coros femeninos. Y poco más les puedo contar, la verdad. Si están hartos del frío y la lluvia y necesitan un poco de calor humano –aunque sea putrefacto debido al tiempo pasado- aquí tienen lo que justamente necesitan. Tan solo les queda darle a las palmas un poco y gastar la suela de sus zapatillas al compás de estos temitas tan simpáticos. Yo ya lo estoy haciendo, mientras espero que mi Perséfone vuelva de esos inframundos, y no suspiro más.
Wendy - Peter Marshall – My Little Thing
No acudieron buitres
Camino de gatos tejado la camisa que mece tus nueces.
Mi pupila de nube en el ángel de espinas solar.
Tu labio amarillo maldice la corriente del niño helado
que muerde la estella y esconde la mano tal vez.
A luz de violetas mi virgen japonesa en la arena muerta.
Anís de pasteles de lunas perdidas en su despertar.
Tan blanca en su cuna es la reina de las olas se secan sus ojos.
Caído en ortigas soy el rey pasmarote ¿te acuerdas de mí?
¿Te acuerdas de mí? ¿No te acuerdas de mí?
No te acuerdas de mí ya no te acuerdas de mí no.
Para ti
I fear thy kisses, gentle maiden,
Thou needest not fear mine;
My spirit is too deeply laden
Ever to burthen thine.
I fear thy mien, thy tones, thy motion,
Thou needest not fear mine;
Innocent is the heart´s devotion
With which I worship thine.
Percy Bysshe Shelley
The Mongolfier Brothers – Even If My Mind Can´t Tell You
Nocturno de la alcoba
Recítame un poema mejicano
que envuelva nuestra vida hasta la muerte.
Javier Aramburu
La muerte toma siempre la forma de la alcoba
que nos contiene.
Es cóncava y oscura y tibia y silenciosa,
se pliega en las cortinas en que anida la sombra,
es dura en el espejo y tensa y congelada,
profunda en las almohadas y, en las sábanas, blanca.
Los dos sabemos que la muerte toma
la forma de la alcoba, y que en la alcoba
es el espacio frío que levanta
entre los dos un muro, un cristal, un silencio.
Entonces sólo yo sé que la muerte
es el hueco que dejas en el lecho
cuando de pronto y sin razón alguna
te incorporas o te pones de pie.
Y es el ruido de hojas calcinadas
que hacen tus pies desnudos al hundirse en la alfombra.
Y es el sudor que moja nuestros muslos
que se abrazan y luchan y que, luego, se rinden.
Y es la frase que dejas caer, interrumpida.
Y la pregunta mía que no oyes,
que no comprendes o que no respondes.
Y el silencio que cae y te sepulta
cuando velo tu sueño y lo interrogo.
Y solo, sólo yo sé que la muerte
es tu palabra trunca, tus gemidos ajenos
y tus involuntarios movimientos oscuros
cuando en el sueño luchas con el ángel del sueño.
La muerte es todo eso y más que nos circunda,
y nos une y separa alternativamente,
que nos deja confusos, atónitos, suspensos,
con una herida que nos mana sangre.
Entonces, sólo entonces, los dos solos, sabemos
que el amor sino la oscura muerte
nos precipita a vernos cara a cara a los ojos,
y a unirnos y estrecharnos, más que solos y náufragos,
todavía más, y cada vez más, todavía.
Xavier Villaurrutia
Cosas que nunca te dije
Recuerdo que en los albores de este blog dediqué un post a la banda californiana Tiger Trap, que en realidad era un homenaje encubierto a una de mis heroínas pop, Rose Melberg. Ella formó parte de esa banda siendo muy jovencita, a comienzos de los 90, y cuando se disolvieron fundó The Softies junto a Jen Sbragia, grupo muy diferente al anterior, donde las canciones se sosegaron y las bellas melodías agridulces interpretadas con sus guitarras eléctricas y sus voces serenas hicieron de ellas unos iconos del indie-pop estadounidense. Quizás Rose añorase esos ramalazos de pop vigoroso de antaño y por ello decidiese llamar a otros compañeros de viaje para retomar esa sensación de tierna juventud en la banda Go Sailor, que siempre fue un proyecto paralelo pero que para mí es el mejor. Lo curioso del grupo es que todos vivían en ciudades distintas, Rose en Sacramento, Amy Linton en San Francisco y Paul Curran en Vancouver, pero de algún modo se las apañaron para grabar tres 7” en distintas compañías independientes de la costa oeste, que luego fueron recopilados por una de ellas, el sello punk californiano Lookout! Records, de donde salieron ni más ni menos que los Green Day. Rose componía, cantaba y tocaba la guitarra, Amy –también en Henry´s Dress y luego en los estupendos The Aislers Set- tocaba la batería y Paul el bajo. Siempre imagino lo bien que se debían llevar y lo estupendo que lo pasaron esos años en los que cualquier músico debería grabar canciones así o callar para siempre. Muchas de ellas fueron, y aún siguen siéndolo, verdaderos himnos particulares que no me canso nunca de escuchar. Temas como Fine Day For Sailing, Bigger Than The Ocean, Long Distance, Windy, The Boy Who Sailed Around The World y Together Forever In Love son auténticas maravillas de pop alegre y saltarín con letras que reflejan el sentir de alguien que ama generosamente y sin ataduras, pero que también sufre por igual los sinsabores de ese sentimiento estúpido que llamamos amor.
So go ahead and marry her
she’s really nice
she’s everything that I can’t be
I just hope that somewhere in your wedded bliss
you find the time to think of me, I hope you think of me
(”Windy”)
Tonto corazón
Estos días me he dedicado a la ardua labor de desempaquetar las cajas con los discos que aún tenía del traslado al nuevo piso. Ha sido una tarea entretenida pero también agotadora, volver a ordenarlos –¿según qué criterio?-, acariciarlos y darles la bienvenida como se merecen, reencontrándose con algunos que creía olvidados y saludando a los habituales. Al final todos han ocupado el lugar que buenamente les he ido asignando, demostrando una paciencia y una entrega totales, sabiéndose mimados por quien tanto los necesita. Es una tranquilidad tenerlos a todos disponibles y a mano para cuando uno requiera su presencia, porque rebuscar y rebuscar entre las cajas ha sido un verdadero fastidio… es que uno es tan perezoso… Hoy tenía ganas de escribir algo y había pensado hablar sobre un grupo que, de hecho, ya debía haber tratado la semana anterior. Sin embargo, al final no voy a hablar de ellos y, en cambio, haré lo de siempre: pondré dos canciones y con la excusa escribiré algo. Eso haré. Y es que esta tarde necesitaba un disco balsámico, no tengo agua caliente con lo cual no podía tomarme un baño, las pastillas quedaban descartadas –nada de química-, no debía abusar de los bombones pues me duele la barriga y alcohol menos aún. Total, mi única salida ha sido el disco Jen-fi de Bunnygrunt, grupo de pop-rock vivaz proveniente de St. Louis. Según la Biblia, es decir, Allmusic, se trata de “The World´s Cutest Band”, aunque a mí se me ocurren otros candidatos, pero al menos por un día aquí también serán distinguidos como tal, ¿por qué no? Bunnygrunt siempre lo han integrado el núcleo formado por Matt y Karen junto con toda una serie de músicos que los han acompañado durante casi quince años (a pesar de algún que otro parón) y su sonido podríamos decir que ha ido evolucionando –es mucho decir- desde un twee-pop canónico a la americana hasta una especie de indie-rock de clase media totalmente desprejuiciado y sin complejos. No en vano graban para el sello Happy Happy Birthday To Me Records de Athens, tierra de ilustres bandas como ustedes sabrán. Pero el disco suyo que me ha alegrado la tarde es anterior, del 98, cuando tenían a Tiger Trap y Go Sailor como referentes ineludibles y sus canciones eran pura diversión y desenfado pop. Además, me he reído mucho cuando en los agradecimientos aparecían sus jefes y en el caso de la bajista, todos los que habían cargado con su amplificador. Y viendo las fotos de ella, se entiende la voluntariedad porque, ¿de qué no es capaz un chico por satisfacer el deseo ni que sea de contemplar unos bellos ojos de azul aguamarina de cerca?
Bunnygrunt – Constantly Fighting
Bunnygrunt – I Just Had Broken-Heart Surgery, Love Won´t Bypass Me Again










