¡Qué importa, si nos lo pasamos en grande!
-Mamá, ¿sabes que Pelo de Zanahoria sigue jugando a marido y mujer con la pequeña Mathilde, en el prado? -dice Ernestina, la hermana, casi sin aliento-. Y Félix, el hermano mayor los viste. Si no me equivoco, eso está prohibido.
En efecto, en el prado la pequeña Mathilde se queda quieta y rígida, tocada con clemátides silvestres de flores blancas. Tan adornada, parece de verdad una novia aderezada de azahar. Tiene tantas como para calmar todos los cólicos que pueda sufrir a lo largo de su vida.
Las clemátides, trenzadas en forma de corona que luce en la cabeza, descienden ondeando hasta debajo del mentón, por los hombros, a lo largo de los brazos, ligeras, enguirnaldan el talle y, ya en el suelo, componen una cola rampante que Félix, el hermano mayor, alarga más y más.
Retrocede y dice:
-¡No te muevas! Ahora te toca a ti, Pelo de Zanahoria.
Pelo de Zanahoria, a su vez, va vestido de novio. Está cubierto también él de clemátides, entre las que florecen aquí y allá adormideras, bayas de acebo y un diente de león amarillo, para distinguirse de Mathilde. No tiene ganas de reír, y los tres permanecen serios. Saben qué tono requiere cada ceremonia. En los entierros hay que estar triste de principio a fin, y en las bodas hay que estar serio hasta que termina la misa. De lo contrario, el juego no es divertido.
-Cogeos de la mano –indica Félix, el hermano mayor-. ¡Adelante, despacio!
Avanzan con paso lento, separados. Cuando Mathilde tropieza, se recoge la cola y la sostiene con los dedos. Pelo de Zanahoria, gallardamente, la espera con una pierna levantada.
Félix, el hermano mayor, los guía por el prado. Camina hacia atrás, y con el balanceo de sus brazos les indica la cadencia de la marcha. Se cree el señor alcalde y los saluda; después el señor cura y los bendice; luego el amigo que los felicita, y a continuación el violinista, y rasca un palo con otro.
Los pasea de aquí allá.
-¡Alto! –dice-. Eso no pita.
La pausa dura solo unos segundos, el tiempo que tarda en aplastar la corona de Mathilde propinándole una palmada.
-¡Ay! –exclama ella, haciendo una mueca.
-¡Ya está! –dice él-. Ahora sois marido y mujer. Besaos. –Al verles vacilar, añade-: ¡Vamos! ¿Qué pasa? Besaos. Cuando la gente se casa, se besa. Cortejaos, declaraos vuestro amor. Parecéis unos plastas.
Con aires de superioridad, se burla de la torpeza de la pareja, él, que quizás ya ha pronunciado palabras de amor. Da ejemplo siendo el primero en besar a Mathilde, lo que le cuesta un esfuerzo.
Pelo de Zanahoria se envalentona, busca el rostro de Mathilde entre la planta trepadora y la besa en la mejilla.
-No lo digo en broma –dice-, me encantaría casarme contigo.
Mathilde le devuelve el beso. Torpes, vergonzosos, se sonrojan.
Félix, el hermano mayor, les hace señal de cornudos.
-¡Os ponéis colorados!
Se frota dos dedos uno con el otro, da unas patadas en el suelo y les hace la pedorreta.
-¡Serán imbéciles! Creen que es de verdad.
Jules Renard, Pelo de zanahoria
Miedo a los osos de anteojos, miedo a los neutrones, miedo a mí mismo
a morir atragantado
con la espina del pescado
tu carné en una alcantarilla.
a encontrarte con tu ex
besuqueando a alguien que es
mucho más guapo que tú.
a quedar atrapado en la canción del verano
espanto cantando en tu siesta
miedo a las cosas normales
no a las sobrenaturales
pánico a las ciudades
fobia en entornos rurales
y si a algo tienes miedo
es al miedo al mismo miedo
a que pase lo que va a pasar
a asustar a las visitas
a todos los policías
miedo a las cosas normales
no a las sobrenaturales
pánico a las ciudades
fobia en entornos rurales
al coche en dirección contraria
al tifus, a la malaria
a las playas repletas
de gente corriendo en chancletas
tú tienes miedo a volverte loco
a gastar mucho y a ganar poco
Bajo el sauce que llora conmigo
Rain has fallen all the day.
O come among the laden trees:
The leaves lie thick upon the way
Of memories.
Staying a little by the way
Of memories shall we depart.
Come, my beloved, where I may
Speak to your heart.
James Joyce, Chamber Music


